LA PAUSA
Por: VALERIA REYES
Esto es una parte de la enseñanza que me dejó el libro “Vida en pausa”, de Antonella Carovana. No es un resumen del libro, es lo que sembró en mí, como una luz chiquita que se quedó encendida cuando el ruido bajó. Quise escribirlo para compartir esa idea sencilla y poderosa: parar también es avanzar. Si a alguien le sirve, aunque sea un poquito, ya valió la pena.
LA PAUSA
La pausa es cuando uno frena y se pone a pensar sobre múltiples cosas, situaciones. Hay veces que uno necesita pausar para poder seguir adelante. La pausa no es mala, te ayuda a pensar y a salir de lo que nos perturba. Salir de tu zona de confort, viajar, correr, hacer ejercicio o salir contigo mismo para solucionar tu desastre, es lo más admirable y reconfortante que pueda haber, porque no necesitas lastimar a alguien más para sentirte bien. Ahora algunas personas usan su desastre para lastimar, sabiendo que ellos mismos se hacen daño.
A veces la pausa es un grito sordo, una necesidad, es encontrar lo que hemos perdido en nuestro interior. En ese instante, los susurros del alma se vuelven ecos que debes escuchar. La profundidad de la pausa invita a sumergirnos en el mar profundo de nuestras emociones, a descubrir tesoros en el silencio. En ese momento, es donde el corazón se libera y el ser se transforma, permitiendo que cada lágrima y cada risa se convierta en un nueva historia de vida.
Es un espacio de descanso, es donde el cuerpo y la mente encuentran alivio de ese ritmo acelerado que a veces tienen nuestras vidas. En ese momento de silencio sigues reflexionando, es una oportunidad de encontrarse a uno mismo, de comprender nuestras emociones y pensamientos. La pausa se convierte en una fuente de renovación.
La pausa es un silencio, es una espada que corta el ruido, un abrazo sin manos, un adiós que no se dice, una “música callada” y una “soledad sonora”. La pausa a veces sangra, a veces es el hueco que queda cuando alguien no vuelve.
En la pausa, aprendemos un lenguaje que no usa palabras. El alma habla con susurros, con lágrimas que no piden permiso, con temblores en el pecho. Es donde todo arde pero nadie lo nota.
La pausa te hace aceptar lo que fuiste, lo que perdiste y lo que no volverá, porque en el silencio encontramos la verdad, ese momento donde encontramos nuestra voz honesta que llevamos dentro.
La pausa también es cuando entiendes que no todo se repara, que hay vacíos que no se llenan, pero sí se aceptan. Es cuando dejas de mirar lo que hay afuera y miras lo que llevas quebrado por dentro. En medio de todo ese caos, en la ausencia, algo se mueve muy, pero muy despacio: no es descuido, no es consuelo. Es otra cosa, es un tipo de calma que no habías tenido antes, porque no viene de afuera, sino que viene de ti, como si al permitirte romperte se te fuera acomodando algo dentro. Como si en ese lugar donde te dolía tanto, comenzara a florecer una ternura pequeña, casi tímida, pero real. Por primera vez en mucho tiempo, no te molestará estar a solas contigo.
La pausa no exige, no presiona, no promete consuelo inmediato, solo te acompaña en el caos sin decir una sola palabra. Y, aunque al principio se siente incómoda, después se hace necesaria, porque descubres que estabas huyendo de ti mismo, que no era que el mundo corriera más rápido, sino tus ganas de no sentir. En ese momento, sin filtros ni marcas, comienzas a mirarte de verdad: con todas tus heridas, con tu historia, con todo lo que callaste por tanto tiempo.
Te encuentras con esa versión tuya que evitabas mirar por miedo a romperte: con los ojos cansados y las manos vacías, pero con una fuerza silenciosa que no sabías que tenías. En ella descubres que la vida no siempre corre: también sabe esperar.
La pausa no significa detenerse para siempre, significa tomar aliento, reconocer el cansancio y darle lugar. Es el recordatorio de que parar también es avanzar, porque nadie puede sostener sin soltar.
Entiendes que no eres menos por parar, que no pierdes por ir a tu ritmo, entiendes que la vida no se te va a ir por frenar, sino que se expande…
Y ahí, la pausa se vuelve un refugio: no de huida, sino de regreso. Regreso a ti, a tu voz más profunda, a lo que realmente eres cuando no corres por nada ni por nadie. Ahí habita lo importante: el agua que corre, el fuego que arde sin ruido, la tierra que respira bajo tus pies.
Esa pausa te recuerda que eres parte de algo grande y descubres que siempre fuiste suficiente, incluso cuando creías no serlo. Es ese espacio donde el alma se viste de calma y se reconcilia con el tiempo. Lo que duele encuentra sentido, lo que pesa encuentra descanso, lo que estaba roto comienza a brillar se repara y comienza a brillar de nuevo.
A veces, incluso muchas veces, es necesario pausar.
Autora: Valeria Reyes, curso 901.
